El criollo de Buenos Aires es un hombre de pocas preguntas. Por eso, cuando llegó don Hipólito al pueblo nadie le preguntó porqué ni de donde venía.
El hombre era bueno, trabajador, solidario pero tenía un gran defecto: se tomaba hasta la humedad de las paredes. Y así pasaba los días sin dormir, sucio y harapiento.
Tan alcohólico era el hombre que ya le había llegado la etapa de las alucinaciones.
Es así que cayó para un asadito un día al rancho viejo.
Pase mi amigo, tómese un vino.
No gracias, creo que voy a dejar de chupar
Ah, muy bien
¿Sabe que pasa? Es que me está haciendo un algo mal. Anoche sin ir mas lejos, me desperté de madrugada y veía cosas raras.
¿Cosas raras? ¿Cómo qué si se puede saber?
Veía elefantes y mujeres desnudas bailando sobre mi mesa de luz
pues entonces le voy a dar un consejo mi amigo
diga pues
siga tomando porque es la única forma que tiene de ver mujeres desnudas.
El tucumano
(zamba)
Tal vez una gran tristeza
Tal vez un amor perdido
Lo habrán llevado a gramajo
A hacerse esclavo del vino
Tal vez la maldita suerte
De la muerte lo mancó
Y desde entonces el hombre
Anda prendido al alcohol
Y pensar que nos divierte
El pobre con su desgracia
Que no teniendo alegrías
A todos nos causa gracia
Payaso sin alegrías
Que entre el dolor y la pena
Te haces el equilibrista
Abrazado a una botella
Tal vez sea la distancia
De su Tucumán querido
Que por las noches de insomnio
Sale a convidarle un vino
Y pensar que nos divierte
El pobre con su desgracia
Que no teniendo alegrías
A todos nos causa gracia