martes, 4 de agosto de 2009

esperando la muerte

Durante todo el día estuvo en silencio tratando de economizar la poca energía que le quedaba. Fue cerca de la hora sexta cuando mirando a su compañero de desgracias abrió su boca diciendo:
Nunca reflexioné mucho sobre el tema de la muerte. Tal vez porque la ignorancia me abruma. Tal vez porque estuve tan familiarizado con ella que nunca me pareció un tema de reflexión. Creo que siempre se medita en lo que no se tiene.
Sin embargo, ahora que mi muerte es inminente se atropellan en mi alma un sinfín de pensamientos.
Me crié en una familia de esclavos; mi padre fue esclavo, el padre de mi padre lo fue. Mi infancia, como usted debe suponer fue muy difícil. A los seis años recibí la primer gran paliza del Señor porque tuve la osadía de jugar con su hijo. Recuerdo los gritos de mi madre, la cara de impotencia de mi padre. Es que los niños no saben de esas cosas y él me invitó a compartir sus juguetes. Creo que nunca me podré olvidar el dolor de los azotes.
Al abandonar la infancia crié un cuerpo tan robusto y fuerte que, viendo mi señor el negocio, terminé peleando para diversión de las masas. El ganaba mucho dinero, yo si no moría, ganaba mi vida. Así fue como aprendí a matar para sobrevivir.
Créame que las primeras muertes duelen como en carne propia. No podía dormir sabiendo que mataba un inocente, otro esclavo como yo. Pero la repetición trae costumbre y en poco tiempo mataba con una asombrosa indiferencia.
En una oportunidad combatí con cinco hombres a los que fui eliminando uno por uno en sangrienta batalla.
Otra vez, luego de estar exhausto por pelear toda la tarde con un negro al que sólo superaba en edad y experiencia y viendo que ninguno de los dos nos sacábamos ventaja nos soltaron un león hambriento. A pesar del cansancio quiso el destino que en el combate quedara yo con vida y pudiera dar muerte a la fiera. Del negro amigo mío, no querrá usted que le cuente el final.
Tal fue mi valor y bravía en esa oportunidad que el emperador presente fue llamado a misericordia y me regaló mi libertad. Yo lo entendí como un regalo de los dioses aunque a poco de andar comprobé que las divinidades romanas sólo bendicen a los poderosos.
Libre ya, me mudé con mi mujer y mis hijos a Corintios y comencé a buscar trabajo. Pero no es fácil conseguir trabajo para quien hubo sido esclavo y carece de oficios. No importan los papeles de libertad, no interesan los derechos romanos. El hombre que nació libre tiene siempre dos razones para desconfiar de uno en cualquier época y lugar de la tierra: es pobre y es extranjero. Quien nació pobre es juzgado de delincuente y al que es extranjero se lo acusa de quitarle trabajo a los nativos. ¡cómo si mi abuelo hubiese querido ser llevado cautivo!
A mi mujer de hambre se le secaron los pechos y mi hijita casi muere por falta de leche. Mi hijo estuvo mas de una semana sin comer y yo fui preso en varias oportunidades por pedir limosna y me azotaron por mendigo.
No encontré otra alternativa que comenzar a robar en el camino a Samaria.
Y ahora me ves aquí, muriendo lentamente. Sólo quiero que sepas que a estos caminos me empujó la injusticia de un imperio que me dio menos oportunidades que a un perro.
No me arrepiento. Por mi mujer y mis hijos lo volvería a hacer.
Por eso no te estoy pidiendo disculpas. Sólo te pido un favor:
Acuérdate de mi cuando vengas en tu reino.
Y Jesús le contestó:
De cierto te digo que estarás conmigo en el paraíso.

1 comentario:

  1. Hoy las iglesias siguen crucificando al pobre, al pecador y al extranjero.Detrás de la máscara del evangelio se esconde un aparato de represión psicolóliga que altera el mensaje divino, y es la pura expresión del sistema de opresión capitalista que nos desgobierna.Pero, y gracias a Dios, Jesús sigue liberando al crucificado, a ese que la religión castiga con el revenque de la obediencia al pastor, no al Cristo.Cuanto más nos alejemos de la falsa religión, esa que predican en los pulpitos del poder, más nos acercaremos al perdón del único que no condena al pobre, al pecador y al extranjero.JESÚS_

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